
Rescata libro los asombros estéticos que ofrece la arquitectura neogótica en Jalisco
Es difícil imaginar que un fenómeno cultural como el neogótico, basado en el revival de época medieval consustancial a la cultura europea, terminara siendo el estilo arquitectónico dominante en el mundo entero entre el último cuarto del siglo XIX y el primero del siguiente.
Al igual que en Europa, que valoró el gótico como el lenguaje del cristianismo contraponiendo el sentido espiritual a la ciencia y al progreso, en México fue una corriente conservadora, inherente a la Iglesia y a su reivindicación de poder, después de la “humillación” soportada durante las Leyes de Reforma.
Así, alcanzó su mayor esplendor durante el porfiriato. Ello explica el porqué se desarrolló principalmente en Jalisco, donde existe una arraigada tradición católica. Le sigue la Ciudad de México por el número de ejemplos, entre los que sobresalen las iglesias de la Sagrada Familia y de Nuestra Señora del Rosario, ambas en la colonia Roma, seguidas por cantidad, los estados centro-occidentales de la República
El neogótico mexicano se reconoce por la sencillez clásica de sus formas, por el uso de la cantera y del arco ojival, así como por los portales que adornan muchos de los pueblos de Jalisco como Ojuelos, o variantes como los portales polilobulados de Sayula.
Aspectos autóctonos
En México, el estilo se aplicó para remozar o completar edificios prexistentes –por escasez de arquitectos expertos y de capital– y sólo en contadas ocasiones, se construyeron iglesias ex-novo, como el Templo Expiatorio de Guadalajara, inspirado en la catedral de Orvieto, en Italia, proyectado por Adamo Boari y Salvador Collado. Pero la mayoría de las construcciones neogóticas las realizaron los religiosos mismos, y las subvencionaron los feligreses. Algunos proyectos fueron tan ambiciosos que quedaron inconclusos o supusieron tiempos faraónicos, como el Santuario Guadalupano de Zamora, Michoacán, que después de un siglo de obras fue concluido en 2015.
El libro tiene el mérito de identificar y clasificar por tipología este patrimonio, al señalar un total de 488 construcciones en toda la República Mexicana, situadas geográficamente. Particularmente valioso es descubrir a lo largo del libro los aspectos autóctonos que aportan al estilo el toque distintivo. Un ejemplo es la estatuaria de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en Guadalajara, donde los ángeles que adornan los arcos del portal son mariachis con sus instrumentos y se intercalan con chinas poblanas, o bien, el bello altar mayor en cantera gris y rosa, hecho por Inocencio Aguirre en el Santuario de Jesús, María y José, en Encarnación de Díaz. Lo mismo la Torre de la parroquia de San Miguel Arcángel, en San Miguel de Allende, Guanajuato.
La última parte del libro entrega una selección de las 15 iglesias neogóticas más valiosas de Jalisco, entre las cuales destacan el mencionado Templo Expiatorio y la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, ambos en Guadalajara, y el Templo de San José Obrero en Arandas. De ahí, el viaje continúa por Tonalá, Encarnación de Díaz, Ciudad Guzmán, Autlán de Navarro, Atotonilco, Degollado y Tecototlán, travesía en la que se descubre un festival de asombros estéticos insospechados.





