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Jalostotitlán
Viernes Santo se vistió de luto y solemnidad con la tradicional Procesión del Silencio, un acto que año tras año envuelve las calles en una atmósfera sobrecogedora y profundamente espiritual.
Desde el primer redoble apagado del tambor hasta el último paso del cortejo, el silencio no fue ausencia de sonido, sino presencia de recogimiento, memoria y fe.
Las calles, alumbradas solo por faroles tenues y velas titilantes, se convirtieron en un escenario sagrado donde el respeto dominó cada esquina.
Las imágenes sagradas eran llevadas con solemnidad, despertando la devoción de quienes se congregaron en el camino. El público, en completo silencio, acompañó con mirada reverente, muchos con lágrimas contenidas, otros con rezos murmurados.









